El fichaje que nadie hizo: cómo dejaron escapar a Van der Poel y todavía se lamentan

No suena a leyenda inflada con el tiempo. No es el típico “yo ya lo sabía”. Adri van der Poel lo cuenta con la naturalidad de un padre que simplemente vio lo evidente antes que los demás… y que aún recuerda perfectamente a quién intentó avisar.

Porque sí, hubo un momento en que Mathieu van der Poel todavía no era una superestrella mundial. Era solo un niño con una obsesión brutal por la bicicleta. Y aun así, alguien con poder para cambiar su destino decidió no apostar por él.

Ese alguien fue Patrick Lefevere.

Un niño que no jugaba… entrenaba sin saberlo

Antes de los Monumentos, los maillots arcoíris y las exhibiciones imposibles, estaba la fijación.

“Tenía cuatro o cinco años y era bici, bici, bici todo el día”, recuerda Adri. No era solo un niño activo. Era incansable. Nervioso, siempre en movimiento, siempre buscando algo que hacer. Pero había un rasgo que lo definía por encima de todo: la determinación.

No importaba el qué. Si empezaba algo, quería hacerlo mejor que nadie.

Esa mentalidad se trasladó muy pronto al bosque cercano a casa. Allí, Mathieu y sus amigos no se limitaban a montar en bici: construían.

“Cada mañana se iba con una carretilla”, cuenta su padre. Llevaban palas, rastrillos, cuerdas, incluso sacos de cemento. Diseñaban curvas, compactaban arena, levantaban pequeños saltos… hasta hicieron una plataforma en un árbol.

Semanas de trabajo para crear su propio circuito. Lo disfrutaron poco: un guardabosques apareció y obligó a desmontarlo todo. Pero el mensaje ya estaba claro. Para Mathieu, la bici no era un juego. Era una misión.

“Tengo un pequeño talento”… y nadie reaccionó

Con ese panorama en casa, Adri decidió mover ficha. No hizo una gira por equipos ni vendió humo. Fue directo a una sola persona, alguien influyente en el ciclismo belga.

“Solo se lo dije a un hombre: ‘Tengo un pequeño talento’.”

No estaba exagerando, ni presionando. Era casi una confidencia. Ese hombre era Patrick Lefevere, uno de los grandes jefes del pelotón en las últimas décadas.

La respuesta fue fría. No hubo apuesta. No hubo movimiento.

Adri lo cuenta sin rencor, pero con una frase que pesa años después:

“Desde el momento en que se lo dije hasta hoy, lo ha lamentado.”

Y remata con otra aún más contundente:

“Se lo ofrecí en bandeja de plata.”

Visto todo lo que vino después, suena menos a frase y más a sentencia histórica.

Los que sí creyeron construyeron algo duradero

Donde una puerta no se abrió, otra lo hizo al instante. Adri señala a Christoph Roodhooft como la persona que sí vio lo que había delante.

“Él reaccionó enseguida.”

A partir de ahí llegó algo que marcó la carrera de Van der Poel tanto como su talento: estabilidad. Material, confianza y un proyecto a largo plazo. Sin prisas, sin cambios constantes de estructura.

“Hemos tenido su apoyo durante diez años. Entonces no es correcto irte a otro equipo sin más.”

Adri incluso les decía que eran libres de marcharse si querían, que nadie se enfadaría. Pero la lealtad ya formaba parte del camino. No era solo una relación profesional; era una construcción conjunta.

Menos carreras, más calidad: una fórmula poco común

Mientras otros jóvenes acumulaban dorsales sin parar, en casa Van der Poel había límites claros. La idea no era correr todo, sino correr bien.

La cifra rondaba los 60 días de competición al año, incluyendo el ciclocross.

“Si quería hacer treinta crosses, perfecto. Entonces solo quedaban treinta carreras en ruta.”

El enfoque era proteger el cuerpo y la cabeza. Llegar con hambre, no quemado. Además, Mathieu siempre tuvo una percepción muy particular del esfuerzo.

“En los entrenamientos sufro más que en las carreras”, le decía a su padre.

Y Adri añade algo que define la era actual: hoy se entrena tan fuerte que aquella vieja teoría de “ponerse en forma compitiendo” prácticamente ha desaparecido.

No corre por récords, corre por ganar

Con todo lo que ha conseguido —títulos mundiales, Monumentos, exhibiciones que rompen el guion de las carreras— cualquiera pensaría que Van der Poel está obsesionado con los números.

Su padre lo desmiente sin rodeos.

“Ocho títulos mundiales de ciclocross no le dicen nada. Nada.”

Entonces, ¿qué le motiva?

“Está centrado en una sola cosa: ganar carreras.”

No legado. No estadísticas. No comparaciones históricas. Solo la línea de meta y la idea de cruzarla primero. Es exactamente la misma mentalidad del niño que pasaba horas construyendo curvas en el bosque solo para rodarlas mejor que nadie.

Una decisión que envejeció muy mal

En el ciclismo profesional se escapan talentos cada año. Pero pocos casos resultan tan evidentes con el paso del tiempo como el de Mathieu van der Poel.

No porque alguien no pudiera prever todos sus éxitos. Sino porque, según su propio padre, hubo una oportunidad clara, directa, casi servida en mano.

Algunos errores deportivos se olvidan con el tiempo. Otros crecen cada temporada, cada victoria, cada ataque imposible.

Y este, claramente, pertenece al segundo grupo.

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